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Pepe
Frisuelos


© Maria Alejandra Duarte

Cuando conocí al autor de estas fotos, era un atípico funcionario de Correos que veía el mundo a través de su objetivo Nikon. Vivía como yo, de un triste sueldo del Estado, llegando a duras penas a final de mes. Pero eso si, cuando daban las tres, ¡¡por fin!!, el día empezaba para él. Se transformaba. No solo fotografiaba a su entorno, sus hijas, su familia, también desfilamos por delante de su cámara todos los que entonces trabajábamos a su lado. Siempre a punto, atento a la luz, al gesto, al personaje.

Pero José no solo llevaba al hombro su máquina, también cargaba con un saco de ilusiones y proyectos. Poco apoco su mundo se le quedo pequeño, como suele ocurrir con aquellos pocos privilegiados que llevan un artista metido bajo la piel. Por eso no me extraña que un buen día dejara las cartas para jugárselo todo a una sola, aunque desde entonces, José no ha parado ni un momento. Exposiciones, viajes, reuniones y muchas, muchas horas de laboratorio.

Hoy, después de diez años compartiendo tantas cosas con él estoy segura de que se siente orgulloso de su labor al frente del laboratorio fotográfico que dirige. Uno de esos pocos lugares donde todavía se valora el trabajo manual y reposado. Un espacio para el diálogo con sus colegas que poco a poco ha ido creciendo lo mismo que su ilusión y sus ganas. Y es que, para los que estamos cerca de él si bien al principio de su aventura sentimos un cierto temor, su entusiasmo nos ha contagiado.

Me cuesta trabajo separar a José como artista del ser humano, pero creo que, si tuviera que definirle como tal yo le llamaría "callejero".Y no porque haga piruetas ni se gane la vida en plena plaza, si no porque su fuente de inspiración está en la calle. Su objetivo está entre la gente, obsesionado siempre por captar el gesto, el movimiento, las mil y una escena cotidiana que perciben sus ojos de fotógrafo. A través de su cámara se aprecia la vida tal y como es, sin adornos ni filtros, tal y como la verían nuestros ojos si nos parásemos a mirarla. Sus personajes, casi siempre sorprendidos, transcienden sin embargo más allá del retrato, son sinceros y auténticos, llenos de vida interior.

Yo diría, sin temor a equivocarme, que se le parecen mucho.


Nani Castellanos


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